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largahistoria

Ahora te la cuento…

Un poquito

Hace unos días llegó una clienta con el cabello larguísimo a pedirme lo siguiente: córtame un poquito, pero que se note.

Eso es como querer bañarse pero sin mojarse.

¿Se entiende?

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Sopaipilla, te extraño, te olvido y te amo de nuevo

Lo que más echo de menos del guatonismo son las sopaipas. Una vez le comenté a mi mamá que me encantaban esas sopaipillas de carrito, y no lo podía creer. Cómo su hija, adicta al yogurt descremado e incapaz de comer azúcar refinada, disfrutaba de esas amarillentas sopaipas callejeras de dudosa procedencia, fritas con aceite requete-contra-saturado.

Le dije que en efecto las amaba desde 2008, mi primer año en Santiago, ergo, mi primer año universitario. Además, solían ser mi cura favorita para las horrendas cañas de antaño.

Un día en que mi madre despertó encañada, le aconsejé “cómete una sopaipa y verás cómo se va”. No me creía, y seguía sin creer que yo fuera capaz de zamparme una. Así que la llevé a un carrito cercano, desembolsé 150 pesos, le puse ese acuoso ketchup y esa amarilla mostaza disponible y chum, pa’dentro.

Hija, no puedo creer que lo hayas hecho, espetó. Acto seguido, sacó su teléfono y me tomó un par de fotos para el Grupo Whatsapp Familiar: miren a la Ale comiendo sopaipillas de la calle. Terminado el trámite, compró una y se la zampó, no sin antes encomendarse al divino por si las moscas (se pone religiosa cuando le conviene).

A la horita habrá sido que me confesó que ya se sentía mejor. Me pidió disculpas por no haberme creído. Le dije que no importaba, pero que recordara siempre la lección, que si hay alguien que sabe de curas contra una caña, esa soy yo.

Las extraño. Las extraño un montón. Un fin de semana atrás, M preparó sopaipillas con manteca, zapallo y harina refinada. No fui capaz de comer pensando en el dolor de guata que me podrían ocasionar ahora que te soy sanita.

La vez que preparé sopaipas con harina integral y aceite, me enfermé de la guata casi una semana completa. Ya no soporto las frituras. Mi cuerpo las rechaza heavy. Prueba de ello es haber ido a parar a urgencias por bajonear un par de falafel en volá de sangría. Vomité toda la bilis que tenía, así que me preocupé. Cuando llegamos a la clínica, una enfermera en práctica intentó como 3 veces achuntarle con la aguja a mi vena y el dolor inmenso me hizo estallar en carcajadas nerviosas que tenían a todos preocupados, hasta que la enfermera que la supervisaba tomó la hueá y me la encajó adecuadamente.

Puta que sufrí esa mañana. Y no acabó ahí, porque después de cachar que la gracia me había salido 70 lucas, más sufrí hueón.

Y onda, no, no voy a pagar por una sopaipilla que me cueste 70.150 pesos. Pero gracias por existir ❤

El día en que M se burló en mi cara porque él podía comer y yo no, y se zampó una diciendo “mmm no, está muy mala”, me enojé real y le dejé claro: bromea con mi dios, pero con las sopaipillas no.

Las extraño, las olvido y las amo de nuevo.

vida santiaguina en la mente

Recuerdo perfectamente esa tarde de miércoles. Yo cesante, ella cesante. Respirábamos tranquilidad, voladas como zapato, echadas en los sillones de su departamento mientras sonaba algún disco de Pulp, o quizás alguno de Nirvana. Eso no lo recuerdo tan perfectamente.

Ese día me pregunté cuándo expiraría mi tranquilidad, pero lo cierto es que la calma vence precisamente cuando haces eso. Cuando te preguntas esa huevá. Ahí caga todo. Te viene la ansiedad, piensas en el futuro.

Esa tarde pensé en los hijos, en la comida, en las cuentas, en las deudas, cómo compraría un departamento a los 35 si mi deuda universitaria vence como en mis 40, y así.

La ansiedad te alcanza, te viola, te llena de miedos cabrones, y no podís vivir tranquila pensando en ese futuro inexistente. Sólo es real en el plano de la imaginación, y con eso te llenái de miedos inhabilitantes.

 

Había decidido que no me pasaría de nuevo. Que controlaría mi mente antes de que me ultrajara, pero me pilló la moto de nuevo.

Me echaron de la pega y lo primero que hace la gente es preguntar qué harás. Qué será de tu futuro, qué plan tienes. ¿Por qué no conformarse con el “estoy bien”? y no sé, hablar de gatos, de perros, de ancianos, de poto y caca. No sé.

Me despidieron y yo quise que eso pasara. Aún así, no falta quien me mira con pena. Como si la pega fuese la vida, y no perritos, la vida no es la pega, la pega es sólo un factor. Uno importante, sí, pero no es la vida.

Y ahora quiero estar tranquila, como ese miércoles en el departamento de mi amiga que también se hallaba cesante y aliviada. Fumando pitos, tomando cerveza, comiendo chocolates, viendo loros volando por Santiago, posándose en las copas de los árboles piñuflas que sobreviven en el centro.

En realidad lo único que me duele de que me hayan despedido de la pega es que no cumplí mi último objetivo: tomar buenas vacaciones.

Acá sigo, acumulando vida santiaguina en el cuerpo.

 

Debo hacerlo todo con amor


Por fin terminé el curso de estilista unisex y pensé inocentemente que tendría tiempo para leer los libros que me han regalado o que he comprado en los últimos meses, pero una peca de inocente la mayoría del tiempo, y puta, no. 

Mi padre me preguntó por qué no he leído los libros que me regaló, mis amigos me preguntan por qué no he escrito nada ni he bordado, y la respuesta es una sola: estoy hasta el OGT. 

Me estoy cambiando de casa y suena igual rico, como: por fin encontraste dónde y con quién vivir. Por fin estái enamorada y la cosa va fluyendo. 

Esas frases que se asemejan al sonido de la lluvia pegando en la ventana y el aroma de unas sopaipillas friéndose en la cocina. Como el sonido de una cascada o el flujo de un río en vacaciones de verano. Pero esa es solo la expectativa, la realidad es que he tenido que juntar plata para los gastos de mudanza (garantía, comisión, bodega, etc) y el sonido de mi vida en estos momentos es concretamente maullidos y gruñidos de 3 gatas que antes podía amar por separado y ahora deben convivir. 

Así que sumen a los gastos de la mudanza a la etóloga encargada de la terapia familiar que estamos recibiendo para que las gatas se toleren entre ellas, y todas las drogas gatunas que hemos tenido que adquirir para ello: royal canin calm (ravotril de gato), catnip (marihuana de gato), feliway (literalmente feromonas de gato), caramelos (premios de gato), y aún buscamos camas para cada una y debemos contar con 5 cajas de arena para que no nos meen nuestro hermoso hogar. 

Ya sé, yo también lo pensé: gatas culiás. 

Si no las amara con la vida a las 3 felpudas, la haría a la antigua: que se arreglen a arañazos. Pero los que saldrían más perjudicados seríamos nosotros y los nuevos muebles que pretendemos comprar. Y no, a lo Pandora, debo hacerlo todo con amor.

Así, como efecto colateral de toda esta shit, también he tenido que drogarme con melissa porque hace rato no tengo mano (dealer), porque no sé, #crecí o #envejecí. No sé. 

Así que ténganme paciencia. Nunca he vivido en pareja y por último para abril, cuando cumpla 28 años, espero tener 3 lindas gatas en un lindo departamento con mi lindo pololo. Eso igual suena a lluvia y sopaipillas, ¿no? 

Para fin de año ya les habré escrito un libro y bordado un mural. Sólo tengan paciencia. 

Letra chica: sólo estaré haciendo cortes a domicilio hasta establecer bien mi salón en mi nuevo depto. Prometo que amarán todo tanto como ya lo estoy amando yo. 

Guatona autodestructiva

Me levanté mal, de mal humor, con dolor de cabeza y no me importó desayunar coca light con las sobras de pizza de la noche anterior.

Almorcé fideos con salsa, y me tomé otro vaso de coca light que quedaba en el refrigerador.

Me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía, y cuidaba mi piel, pero sabía que no tenía ningún sentido echarme crema si al cuerpo le seguía echando mierda.

Llegaba la noche y me tomaba su litro de piscola, o sus dos litros de cerveza. La bicicleta estaba oxidándose en el balcón, y la entré de mala gana al living, dejándola de adorno junto al futón.

Ay 💙💜💙💜 hay un árbol de luces en el living 😍

Una foto publicada por Ale M (@srtalegria) el 19 de Ago de 2016 a la(s) 3:41 PDT

 

Me venía caminando de la pega para sentirme un poco más “activa”, pero todas las mañanas me subía mañoseando al metro y odiaba a todo el mundo aún más de lo que lo odio a diario.

Mi jefa me decía “Ale, andas como oscura… quizás necesitas ir a ver a tu mamá”.

Me empecé a enfermar de todo y de nada. Me bajaron las defensas a la par con la autoestima. Ya no solo no me gustaba lo que veía al espejo, sino que mi propio cuerpo estaba rechazando el mal y poco amor que le estaba entregando.

Me hice exámenes y estaba hecha corneta. Volví a caer en la resistencia a la insulina, y me agarré 3 infecciones urinarias. Me resfrié entre medio, me sané de una infección, y luego llegó otra y así. Un círculo que no acababa.

Me sentía enferma, sucia, infecciosa y feísima. Estar en una relación que no me hacía sentir mejor conmigo misma no ayudaba, claramente. Luchaba por sentirme importante para mi pareja, pero no, no había caso. Sabía que no estaba dentro de la lista de sus prioridades, y era lógico, ni yo misma estaba en mi lista de prioridades.

Toqué fondo cuando enloquecí.

Enloquecí en mala. Mi cabeza colapsó, mis enfermedades se agravaron, mis menstruaciones se volvieron interminables, mi sangre se oscureció, mis ojos se apagaron, mi amor se estaba yendo, y volví a ser abandonada. Dejé que me abandonaran de nuevo, pero me había abandonado yo antes.

Vi un video de una loca en Instagram que decía: “su problema era buscar hombres que le reafirmaran la idea que ella tenía de sí misma, y por alguna tonta razón, ella se sentía pequeña, no podía ver lo grande que era”. Traté de ridiculizarlo pensando en lo Pilar Sordo que eso sonaba, pero hueón, c’mon, me estaba diciendo lo que estaba pasando. Cómo negarlo.

Me di cuenta de lo que estaba haciendo: desayunar coca cola, almorzar pizza todos los fines de semana, quedarme en la cama sábado y domingo, deprimiéndome en una oficina sin poder mover mis músculos, mirar un PC durante el día y dos celulares durante la noche, y un ETCÉTERA muuuuyy grande.

Me cansé de la hueá, pensé que necesitaba Clonazepam, así que fui a una psiquiatra, pero justo me habían pateao la noche anterior, así que tenía los ojos hinchaos y los mocos colgando cuando traté de explicarle lo que me pasaba, entonces la hueona se volvió ultra rígida, seguramente pensando: esta es otra a la que la patea el pololo y le da un cuadro de angustia que confunde con depresión. Así que me trató como el pico, y cuando la convencí de que no tenía nada que ver mi ruptura con la consulta, concluyó que probablemente sufría depresión endógena. Me mandó con papeles al auge para que me atendieran más barato porque “yo soy muy cara”, aclaró la saco de hueas.

Me puse a llorar y llamé a mi mamá, pero no contestó el teléfono, estaba súper ocupada. Quise llamar a mi papá, pero yo sé que se hubiese urgido demasiado y hubiese comprado pasajes para irme a buscar y encerrarme en una pieza para poder cuidarme sin que nada me hiriera de nuevo nunca más en la vida, así que opté por hablar con mi mejor amiga de la vida, la Claudia, quien repetía “pucha, Almeja”, y yo sabía que eran sus abrazos, su mano en mi cabeza, aunque no estuviese, lo sentía al teléfono y me tranquilizó.

Me recogí a mí misma del suelo (sí, estaba llorando en el suelo) y me soné los mocos.

Necesitaba una visita a mi psicóloga querida que me sacó del tremendo hoyo en el que me metí cuando había peleado con mi padre.

Cuando conseguí una consulta con ella me sentí aliviada. Bastó una consulta y me dijo en dulces palabras: estás puro hueveando, necesitas reducir las horas de trabajo en oficina y el resto aparecerá solo.

Hablé con mi jefecita y me dijo que bueno, que podía trabajar 2 días a la semana en la oficina y 3 en casa, y hace tanto tiempo que no sentía tanto alivio. Fue como sacar la cabeza del wáter, aunque en realidad nunca he tenido la cabeza dentro de un inodoro, pero supongo que se siente a como yo me sentía en esos horribles momentos.

Y fue así como decidí: HACERME CARGO, porque lo último que quiero en la vida es escribir un libro que hable de cómo me han maltratado sin merecerlo, y victimizarme con cuentos de horror, no perrito, yo no soy así no más po. Yo me agarro a mí misma, me levanto del suelo, me echo unas porras, me fumo un porro, me doy unas vueltas de carnero y puta, no sé, tengo esa capacidad de hacerme cargo de mis hueás. Busco soluciones, aunque mercurio esté retrogradando.

¿Me cuesta? Sí, me cuesta caleta, como a todo el mundo. Hace un tiempo me dio por decir que el mayor punto ciego de uno es uno mismo, y traten de verse desde afuera, es un ejercicio mayor para nuestro cerebro.

Cuando me aburrí de intentar hacerme la hueona con mi mayor problema de salud (ir derecho a la diabetes), me dije: ya basta, hay que bajar de peso, hay que mover la raja.

Recibí buenos consejos y me puse las pilas. El 01/sept comencé una dieta que me asegurara que no habría rebote y me desintoxiqué completa. Para el 20 de Octubre mi cintura pasó de medir 78,3 cms (juro que tuve que adivinar cuál de todos mis rollos era mi cintura) a medir 70 cms. (y hoy incluso menos).

Pasé de tardes Echaurren con las cats en la bed, a tardes de nike trainning, sentadillas, planchas, trotes.

De litros de chela y piscola a litros de agua e infusiones.

El etcétera es enorme porque el maltrato que le di a mi cuerpo fue realmente GROSERO.

Ya detuve la máquina de la diabetes por ahora, pero hay que seguir luchando como super-mujer, porque el cuerpo es cabronazo cuando uno le echa mierda dentro, y he pasado gran parte de mi vida maltratándome a mí misma con torturas medievales que me han llevado a depresiones apostróficas romanas de las que les he hablado antes.

Ya me pedí las disculpas del caso, y les pido disculpas a ustedes si con esta hueá les recordé a alguna autora de autoayuda. A veces me pasa.

 

Tengo un hijo y muy buena relación con su madre. Le pago todos los meses la pensión.

 

Ay que eris bueno, hueón.

El ganglio

Hola, cuénteme, a qué viene.

  • se me inflamó un ganglio, este de acá, lo tengo hinchado y me duele hasta el oído.

Qué raro! un ganglio? Eso es muy raro

  • puta, no sé, eso me pasó, revíseme, no miento

No, si le creo, pero es súper raro

  • así soy, media rara. Revíseme no más, con confianza.

A ver. Mmmm. Efectivamente tiene solo un ganglio inflamado.

  • ¿Ve? yo no miento.

Sí, claro. Bueno, puede que en realidad estén los dos inflamados, pero como uno está muchísimo más inflamado que el otro, pareciera que la inflamación es sólo en uno.

 

Yo soy

Estoy llorando y he llorado harto, pero no le he contado a nadie porque después la gente cree que una anda en la depresión y hueás así, que na que ver, porque en realidad sólo tengo pena. Pena, pena, pena. 

Melancolía, cachái? 

Vamos, decime, contame todo lo que a vos te está pasando ahora, porque sino cuando está tu alma sola llora. Hay que sacarlo todo afuera como la primavera, nadie quiere que adentro algo se muera. Hablar mirándose a los ojos, sacar lo que se pueda afuera para que adentro nazcan cosas nuevas. 

Creo que la verdad es que temo sentirme sola de nuevo. A veces me siento sola cuando escucho el eco de mi propia voz en la cocina, el baño. 

Mis gatas y el tortugo ayudan ene a que no me vuelva loca. No sé qué sería de una personalidad como la mía sin la existencia de la tecnología. Afortunadamente puedo llamar a mi madre cuando se me de la gana. 

Estoy feliz. Estoy bien, no es mentira. Pero la melancolía me choca en la madrugada, cuando sueño con gente que ya no está para mí. Todos ellos que se han ido sin que los eche. 

El recuerdo pesa, la añoranza me mortifica. 

Recuerdo haber estado en la cama junto al hombre que amaba pensando: cuándo se acabará esto? Sé consciente. 

Tomar consciencia de cada momento hermoso que quiero que permanezca en mi memoria es un ejercicio que suelo hacer. 

Recuerdo el techo, la luz ténue. Recuerdo los aromas, la sensación de paz que produce ver a quien quieres durmiendo plácido. Respirando profundo, viajando hacia su interior. 

Recuerdo haberme dado cuenta de que no obtendría más que eso: la contemplación de momentos de paz, pero no la prolongación de un todo. 

La prolongación, la proyección. Y entonces, tendría que contentarme con contemplar la proyección de mi “persona significativa” con otros. Con sus amigos, con su familia, jamás conmigo. 

He sido testigo presencial. He sido agradecida, y ahora soy ambiciosa. 

Nadie me quitará el derecho que tengo a sentirme tal cual quiero sentirme: parte de algo más grande y mejor que yo misma. Que yo sola.

Y ya he crecido bastante, pero no soy tan soberbia como para perder la fe. 

No quiero contemplar hueás, quiero vivirlas tal cual estoy viviéndolas ahora, que por mis lealtades estoy siendo retribuida, y gracias, gracias, gracias. 

Ravotril

4 AM – Ahí están los Clonazepam que me sobran desde el 2013. Hubo un tiempo que los tomé hasta para combatir el SPM, pero cuando le conté a un amigo que estaba tomándolos de ese modo me dijo que no fuera estúpida.

Él sabía que la palabra “estúpida” tendría gran poder sobre mí. Que me agacharía el moño de una y bajaría mi autoestima lo suficiente como para hacerle caso.

Estúpida, así me sentí cuando me explicó que el Clonazepam no es como tomar aspirinas, “se toma por tratamiento, el efecto es acumulativo, puede que ahora te sientas un poco mejor, pero sin control médico también podría ser que hasta quieras matarte por químicos residuales en tu cerebro”.

Me preocupé porque los pensamientos suicidas son medios recurrentes cuando no me encuentro bien. No es que vaya a matarme, esto debo aclararlo, pero he repasado por mi mente los pros y los contras de decidir cuándo y cómo dejar de existir, ¿Qué tan justificado sería?

Dejé de tomar Clonazepam ese día, y me pregunto si aún habrán residuos del medicamento en mí. Quizás puedo culpar a ello la maldita ansiedad.

 

 

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